6 de diciembre de 2017

Isaías 6.1-8.10

«En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo». Isaías 6.1 (RVR1960)

 

Veo doctores, veo enfermeras, veo escoltas, veo pacientes impacientes. Veo medicamentos, veo sueros, veo equipo médico, veo agujas, veo camillas hasta en el pasillo. Veo dolor, veo tristeza, veo angustia, veo el desespero. Veo el tiempo como pasa, y a este frío tan intenso, me parece que también lo veo. 

Pero cuando veo un poco más… veo y escucho a un cuidador que perdió a su hijo hace algunos años, que tiene a su cuidado a su nieto que tiene alguna discapacidad y desde entonces, exclama sobre él: «¡Es mi vida!». Veo una hermana que aún con su salud comprometida cuida de su hermano mayor en gratitud de sus cuidados para con su hijo que padeció una enfermedad terminal. Veo a hermanos, diáconos, ancianos y pastores que entran y salen con el compromiso de acompañar a los que están en necesidad. Veo la preocupación y la responsabilidad de familiares que en amor buscan como aliviar el dolor de los suyos. Veo, veo… ¿Qué ves?

«En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor…». El rey Uzías reinó por cincuenta y dos años (2Cr. 26). Por hacer lo bueno ante los ojos de Dios fue prosperado. Uzías vio el favor de Dios en su vida. «Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina». Cruzó el límite de lo sagrado. Se tornó altivo y en su soberbia, se llenó de ira y terminó enfermando de lepra. 

En contraste con el rey Uzías, vemos al profeta que recibe el favor de Dios en una visión y responde con humildad ante el poder y la santidad de El Eterno. 

«¡Ay de mí que soy muerto!».

El rey Uzías se enredó a sí mismo en lazos de altivez y prepotencia y en su ira se incapacitó así mismo de ver la grandeza y la majestuosidad de Dios hasta el final de sus días. Mientras que, por otro lado, el profeta Isaías en su humildad de espíritu, fue acogido por Dios en sensibilidad y misericordia. 

«He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa y limpios tus pecados».

Ambos estaban ante el mismo Dios, pero miraron y respondieron con una actitud diferente. 

En situaciones adversas queremos que Dios cambie nuestro entorno para mirar diferente. Cuando lo que necesitamos es ser humildes y sensibles ante su presencia para deleitarnos en cualquiera sea nuestro entorno. No se trata de nuestras condiciones, se trata de Su presencia.

Los serafines que cantan: «Santo, Santo, Santo», al Señor que está sentado en su trono, nos recuerda a los ángeles que alababan a Dios en la anunciación a los pastores. 

«¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!». 

Sea sentado en Su trono entre serafines o encarnado y vulnerable en el pesebre entre animales, es Dios. No se trata del templo ni tampoco el pesebre ni la sala de emergencias. Es su presencia, que habita en nosotros, entre nosotros y más allá de nosotros, la que nos llena y nos estremece aún en la sala de emergencias. Uzías no lo vio, y transgredió el límite de lo sagrado. El profeta Isaías lo vio, se humilló y respondió: «Heme aquí», porque «toda la tierra está llena de su gloria». No importa dónde estás o estés, ¿tú lo ves? ¿Y cómo respondes?

Oración

Señor, veo y miro más allá para ver Tu presencia en cualquiera sea mi situación o lugar, porque ¡Tú estás! En el nombre de Aquel que es Camino, Verdad y Vida. Jesucristo el Señor. Amén.