21 de diciembre de 2016

2 Timoteo 4

“He peleado la buena batalla, he terminado la carrera y he permanecido fiel.  Ahora me espera el premio, la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, me dará el día de su regreso; y el premio no es sólo para mí, sino para todos los que esperan con anhelo su venida.” (2 Timoteo 4:7-8 NTV)

 

Pablo continúa despidiéndose de su alumno y colaborador, Timoteo.  Esta vez lo hace con más certeza, ya que menciona que su vida ha sido derramada y sacrificada y que su partida está cercana.  Él sabía que su suerte estaba echada en las cortes romanas y lo que le esperaba era morir por el evangelio, por el cual tanto había luchado.

De una manera magistral, el apóstol hace un recuento de su vida en Cristo, en tres expresiones: “he peleado la buena batalla”, “he acabado la carrera” y “he guardado la fe”.  De esta manera compara la vida cristiana y su ministerio, con una carrera olímpica, como lo ha hecho anteriormente.  Para él, la carrera ha sido una llena de obstáculos en la que ha tenido que enfrentar doctrinas de error, herejías, escasez, enfermedades, contiendas, ataques, temores y ansiedades.  Pablo considera que el mayor obstáculo a través de esta carrera ha sido su lucha interior contra el pecado, la cual sin lugar a duda es la más acérrima lucha de cada creyente.  Él se considera victorioso, ha corrido bien la carrera, cumplido dignamente su ministerio y llamado, y guardado la fe.

Algunos piensan que, al mencionar la fe, él se refiere solo al evangelio, el cual ciertamente, ha guardado con valentía.  Sin embargo, también se refiere a la fe y confianza en las fieles promesas de Su Señor Jesucristo.  A medida que ha corrido hacia la meta, no ha perdido la fe, sino que se ha mantenido fortalecido por la seguridad, la convicción de que aquel que lo llamó y salvó, tiene para él un galardón.  Este galardón en nada compara con la corona de hojas de olivo silvestre que se le entregaba a los atletas en la antigüedad.  Es un galardón eterno, sublime, la esperanza de una vida eterna en Cristo Jesús.

Todos corremos, todos luchamos cada día contra un sinnúmero de obstáculos que pudieran detenernos en nuestra carrera.  El apóstol hoy nos recuerda que no estamos solos, que no es en vano, sino que cada tropiezo, caída o lastimadura vale la pena ante el gran galardón que por gracia recibiremos en el día final y que fue comprado para nosotros por el autor de nuestra salvación.

 

Oración

Señor, gracias porque un día me llamaste y salvaste.  Porque día a día me sostienes.  Guíame, fortaléceme, aumenta cada día mi fe para que pueda llegar al final de la carrera y reciba con humildad la vida eterna que a precio de sangre compraste para mí.  Amén.