7 de diciembre de 2017

Isaías 8.11–10.34

 

«Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia… Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz». Isaías 9.1a, 6

 

«¿Te llegó la luz?». Así comienzan las conversaciones en nuestros días. A manera de un punto de partida para el diálogo, la ausencia del recurso deriva en preguntas: «¿Has visto los camiones? ¿Has visto gente trabajando? ¡Te llegó! pero, ¿viene y se va? ¿Y qué has hecho? ¿Tienes planta? ¿De cuántos watts? ¿Es de gasolina, diesel o gas? ¿Por cuánto tiempo la prendes? ¿Gastas mucho?». Preguntas que reclaman la presencia de aquello que no se tiene y apuntan a la angustia del que se desespera en la espera, entre penumbras. 

Por otro lado, están los que han vivido la experiencia de la presencia del recurso y con exclamación lo comparten: «¡Me llegó la luz!». Hay videos en las redes sociales sobre lugares en donde «se hizo la luz», que comparten la manera en cómo comunidades enteras reaccionan espontáneamente en gritos y alegría. 

¿Cuántas situaciones en nuestra vida producen oscuridad? Más allá de lo que nos ocurre en nuestro tiempo y sin intención de trivializarlo, estar en oscuridad produce angustia. En la oscuridad nos detenemos, nos encerramos, nos sentimos inseguros, no podemos ver más allá de nuestros pies, y no saber hasta cuando, la profundiza. Pero en esa adversidad de oscuridad cobra valor la palabra profética en anuncio de luz y esperanza: 

«Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia». 

Y puntualiza la razón:

«Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz». 

En medio de las tinieblas se hizo la Luz entre nosotros y nos llama a ser luz en medio de la oscuridad. Luz en amor, en alegría, en compartir, en abrazo, en compañía, en donación. Ese debe ser nuestro punto de partida. ¡Qué llegue la luz a cada lugar, para que donde impera la angustia reine la alegría!

Oración

Señor, con melodía oramos: 

«Porque Él entró en el mundo y en la historia; 

Porque quebró el silencio y la agonía;

Porque llenó la tierra de su gloria;

Porque fue luz en nuestra noche fría.

Porque Él nació en un pesebre oscuro;

Porque vivió sembrando amor y vida».

En el nombre de Aquel que es nuestra Esperanza, Jesucristo el Señor. Amén.