Muy amados en el Señor, recuerdo en mis años de estudiante en el Seminario Evangélico haber discutido en clase un estudio hecho en los Estados Unidos sobre los rasgos de las familias saludables. En el mismo, uno de los rasgos más prevalecienteS era que las familias saludables cenaban juntas en la mesa. Algo que es muy fácil practicar en la presente situación creada por la pandemia. Una enfermedad peor que el coronavirus es aquella que fragmenta y polariza a la familia borincana. El antídoto a la desintegración familiar es comer juntos en la mesa. En las familias saludables que fueron parte del estudio, la salud emocional de ellas no se nutría de los alimentos servidos sobre la mesa, sino por el amor, la comunicación y la pertenencia que comer juntos en la mesa provee. Las familias saludables se comunican de una manera vital cuando se reúnen alrededor de la mesa porque conversan entre sí. Muy distinto a cuando cada quien está aparte con un dispositivo. En la experiencia de cenar juntos en la mesa, un día se conversa sobre los retos en las labores del trabajo de los padres, se conversa sobre los retos de los exámenes que los hijos tendrían en la escuela. Al otro día se conversa sobre cómo salieron en los exámenes y se repasaban los detalles del trabajo de los padres. Hay seguimiento y crecimiento en la información vital que nos une. Sobre la mesa se comparte sobre las cosas que hacen latir el corazón mismo del hogar. En el hogar, la mesa provee un espacio para la comunicación, el afecto y la integración. La mesa es mucho más que alimentos.

Los ángeles que visitaron a Abraham no necesitaban ingerir alimentos. Con todo, la mesa servida proveyó un espacio para hacer anuncios y lanzar retos. La Biblia dice que en el cielo participaremos de una gran cena. Pero cuando estemos en el cielo no tendremos necesidad de comida. Así que la función de la mesa es mucho más que los alimentos que allí puedan estar servidos. Se trata de afectos entrañables que nos unen como familia de Dios. 

Sentarse a la mesa es sentirse en familia. Cuando nos sentamos a la mesa y nos sentimos familia, lo que nos une no es la comida, sino el amor que nos hace uno. Más importante que comer, es el amor que nos hace familia. Por eso, al sentarnos a la mesa que preside el Señor, todos los presentes se benefician de ese amor. Porque no se trata de lo que entra por la boca. Se trata de lo que se recibe por medio de la fe y de lo que llena el corazón. En la mesa de nuestra esperanza lo que se sirve es amor. Amor que redime, amor que sana las heridas del alma, amor que satisface los anhelos más profundos del alma porque lo que se sirve es a Jesús y Dios es amor. Es la mesa de nuestra esperanza.

La noche en que Jesús fue entregado, su mente y su corazón estaba concentrada en los que iría a salvar en la Cruz. “Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13.1). El principio motor de la mesa es el amor que inspira nuestra esperanza. Así se instituye nuestra cena.

El apóstol Pablo describe la institución de la Cena con las siguientes palabras: “Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Corintios 11.23–26).

Jesús sabía que sería entregado y conocía que, como anunció Isaías, sería molido por nuestros pecados, como se muele el trigo para hacer el pan. Jesús conocía que su cuerpo sería quebrantado como se rompe un pedazo de pan. Jesús sabía que sería pisoteado, como se pisotean las uvas para extraer su vitalidad. ¿Cómo se sintieron los discípulos al escuchar que el cuerpo de su Maestro sería partido por ellos? ¿Cómo reaccionaron al escuchar del nuevo pacto en su sangre?  ¿Cómo nos sentimos nosotros hoy al escuchar las palabras de institución? Hace años quise recrear el sentimiento original en los discípulos y tomé un vaso de cristal y dije ante la congregación: “este vaso de cristal representa mi cuerpo y mi vida, que por causa de ustedes…”. Dejé caer el vaso y ser rompió en muchos pedazos. Luego dije: “…es quebrantado”. Las miradas de todos en el templo estaban sobre mí. Les dije: “tranquilos, yo estoy bien y ustedes solo me han hecho bien. Solo quería que sintieran lo que los discípulos pudieron haber experimentado la primera vez que escucharon que el pan representaba su cuerpo y que por ellos era partido”. Una pregunta es, ¿qué sintieron los discípulos? Otra pregunta es, ¿qué sintió Jesús? Volvamos al pasaje a encontrarlo.

Dice la palabra que primero tomo pan y habiendo dado gracias, lo partió. En el idioma griego, “habiendo dado gracias” es una sola palabra, “eukaristases” de donde nace nuestra palabra en español “eucaristía”. Literalmente significa acción de gracias, aunque para algunos implica la comunicación de gracia. Para nosotros es acción de gracias. ¿Por qué Jesús daba gracias, si lo que implica el partimiento del pan para él es dolor, quebrantamiento y muerte? ¿Por qué daba gracias, si lo que la copa implica es el derramamiento de su sangre? He ahí otro misterio de la cena que encierra esperanza. Al Jesús dar gracias por lo que sería su momento más grande de dolor, lo ubicó en el ámbito de la voluntad y del poder de Dios. Antes de que el dolor tome posesión de nosotros, podemos nosotros tomar posesión del dolor mediante la acción de gracias que lo consagra todo al propósito divino. Si Dios tiene control de todas las cosas, entonces todas las cosas obran para bien para aquellos que le amamos. La mesa implica que toda nuestra vida es motivo de acción de gracias. Eso incluye la presente pandemia y cualquier otro reto que enfrentemos en el mañana.

Los que participamos de la mesa lo hacemos en memoria de Él. Nuestra cena es un memorial, que es mucho más que un recuerdo. Es actualizar en el presente la acción de gracias del Señor Jesús en nuestras vidas. Es vivir nuestro presente en el poder del resucitado, el mismo que pudo dar gracias por su sacrificio, entrega y sacrificio que hoy nos redime.

De nada vale que nos sentemos en la mesa, si no tenemos comunión con Él. No es suficiente ingerir por la boca. Lo importante llega por la actividad del Espíritu Santo que actualiza en nuestro presente la esperanza que no avergüenza. Lo importante de la mesa es lo que nos conecta con el cielo y nos conecta con el prójimo. La mesa nos hermana, nos hace ser uno en el Señor. Es la mesa de nuestra esperanza.

Es la cena del Señor. Le pertenece a Cristo y Él la preside. Son sus términos y condiciones las que cuentan y están claramente delineadas en su bendita Palabra. No las podemos cambiar a conveniencia. La Cena la preside Cristo, quien nos reúne para hermanarnos en el pacto que es por su sangre. 

Inspirémonos en su Palabra, Amemos como Cristo y Sirvamos en Espíritu y en verdad. Que así nos bendiga el Señor.

Rvdo. Miguel A. Morales Castro

Pastor General ICDCPR