La exuberante belleza del amor maternal, cual reflejo del amor de Cristo, adorna e ilumina el alma nuestra con alegrías incomparables.  No importa lo oscuro de la noche, lo agudo del dolor, o lo difícil de una enfermedad, el incomparable amor de una madre ilumina el rostro de sus hijos, transformando el dolor en consuelo, la crisis en esperanza y el vacío en sonrisa, con su extraordinario e incondicional amor.  No hay medicina como su amor.  No existe remedio de mayor alcance que sus ternuras y no hay en el mundo otra criatura que refleje con tanta intensidad los destellos del amor divino, como una madre.  El delicado aroma del perfume de su amor enriquece y engalana la vida nuestra con destellos de la gloria de Dios.  ¡Cómo nos ha bendecido Dios con ustedes!  Es que vemos en sus manos, y en sus hechos, la calidad de un amor divino y las huellas dactilares del Dios que nos la regaló.  Por ello, con todo nuestro amor, les queremos honrar con todo el corazón.

Queremos pues, desde el Centro Cristiano, reconocer al amanecer de nuestras mañanas, a las que nos dieron a luz, a las que alumbran la existencia con sus ternuras y afirman nuestro carácter con el tesón de sus convicciones, a nuestras queridas madres.  Con nuestras humildes palabras, queremos reconocer a todas las madres, que son destellos de una gloria superior.  Sus afectos iluminan, superan toda tiniebla, y por ello no solo dan a luz, sino que son lumbreras de vida a nuestra existencia.  Nuestras progenitoras, que irradian con esplendidez la gloria de un afecto puro, y quienes prodigan con sus ternuras un amor divino que hace realidad concreta los anhelos afectivos más finos del alma nuestra, son un hermoso regalo que Dios nos hace, y hoy en gratitud a ellas y al Dios que nos la ha regalado, les reconocemos.

George Washington dijo: “Mi madre fue la mujer más hermosa que jamás yo haya visto.  Todo lo que soy lo debo a mi madre.  Le atribuyo todos mis éxitos en la vida a la educación moral, intelectual y física que recibí de ella.”  De igual manera, Abraham Lincoln dijo: “Todo lo que soy o espero llegar a ser, se lo debo a mi angelical madre.”  También dijo: “Yo recuerdo las oraciones de mi madre y ellas siempre me han seguido.  Se ha adherido a mi toda mi vida.”

No hay tinieblas en sus cariños, no hay defectos en su desprendido afecto, solo hay bendición y gracia en el amor que Dios ha perfeccionado en su sensible corazón y en los tiernos cuidados de sus gratas manos.  Siendo que ustedes son madres cristianas, adicionamos a lo anterior el abono espiritual que sus oraciones traen al alma nuestra.  Una madre de rodillas, es más poderosa que cualquier emperador de esta tierra.  En fin, por todo lo que ustedes, nuestras amadas madres, representan para nosotros, queremos felicitarles, reconocerles y pedirle al cielo que siempre les sustente con su infalible gracia.