15 de julio de 2017

2 Reyes 24

“Y el rey dijo a Arauna: No, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada. Entonces David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata. Y edificó allí David un altar a Jehová, y sacrificó holocaustos y ofrendas de paz; y Jehová oyó las súplicas de la tierra, y cesó la plaga en Israel.” 2 Samuel 24:24-25 RV 1960

“Lo que no cuesta, no vale”. Esta frase la escuché muchas veces de un querido pastor, especialmente en cuanto a los asuntos del Reino de los Cielos. Aunque en ella hay mucha sabiduría, es un refrán popular a menudo usado para motivar al esfuerzo, la perseverancia y, la correcta valoración de las cosas. La misma afirma que, lo que tiene verdadero valor, no se consigue desde la comodidad. Si algo vale la pena requerirá todo nuestro esfuerzo.

El Rey David falló muchísimas por valorar erróneamente las cosas. Por ello pagó tristes consecuencias en su vida. Ya al filo de su reinado, se da la tarea de censar al pueblo. Los censos se realizaban especialmente con el propósito de recaudar impuestos y demostrar poderío. No agradó a Dios el que el rey realizara aquel censo y, como castigo, envió una plaga sobre el pueblo.

David reconoce su error y debe levantar altar a Jehová. El lugar en dónde necesita hacerlo no le pertenece, así que necesita comprarlo. Arauna, el dueño del terreno, puso a la disposición de David todo lo que pudiera necesitar para la ofrenda de paz. Era una oferta bastante tentadora. Sin embargo, el rey no la aceptó, pues si lo hacía, la ofrenda no le hubiera costado nada.

Para David era importante que todo lo necesario para aquella ofrenda, saliera de sus propios recursos. Solo si le costaba, esta ofrenda tendría valor. Para Jehová tenía que invertir lo que fuera necesario, valía la pena, pues Él merecía todo y, por más que David se esforzara u ofreciera, nunca sería suficiente para pagar por todo lo bueno que había hecho en su vida.

Hoy debemos reflexionar sobre nuestro servicio al Señor. Pensemos en cuánto ha hecho por nosotros y cuánto de todo lo que tenemos (tiempo, talento, tesoro), estamos poniendo en sus manos. No debemos escatimar a la hora de servirle. Así que, salgamos de nuestra comodidad, sirvámosle con gratitud y entreguémosle todo, pues Dios así lo merece.

Oración

Señor, me has dado tanto, que cualquier cosa que pudiera ofrecerte, no sería suficiente. Por éso en humildad te entrego todo lo que tengo, pero en especial mi corazón, todo mi ser. Recíbelo. Amén.