19 de octubre de 2016

1 Corintios 16.1-11

 

“En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia.  Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado” (1 Corintios 1-2b RV1960).

Se cuenta de un pastor que compartió entre sus compañeros este conmovedor testimonio: “Sus manos temblaban al poner dentro de mi bolsillo el arrugado billete.  -Es para misiones-, me dijo casi al oído.  Recordé que aquel anciano sólo recibía mensualmente 18.00 dólares como pensión, ese era todo su sostén y de eso él ya había dado el diezmo recientemente.

—Lo siento, pero no puedo tomar este dinero—le dije—, yo sé que usted tiene muy poco dinero, y que sus ingresos no le dan ni para cubrir sus propias necesidades.  Conozco que está en gran necesidad.  Fue cuando sus ojos me miraron muy fijamente y a su vez con firmeza y entonces me dijo: -Querido Pastor, entonces ¿solo porque soy pobre va usted a negarme el tan hermoso privilegio de dar?—”.

El anciano de la historia no estaba preocupado por sus propias necesidades, ni por lo que pudiera acontecerle en los días venideros y cómo podría afrontarlo, sino que reconocía que todo lo que pudiera tener provenía de Dios y que, si algo podía compartir para el bien de su prójimo, era un privilegio y no estaba dispuesto a rechazarlo.

Vivimos en un mundo individualista, en el que cada cual atiende sus propias necesidades.  Se carece de empatía y solidaridad y pensamos que, si nosotros estamos bien, todo está bien.  La enseñanza de Pablo en esta perícopa iba precisamente en contra de esas ideas.  Él le hablaba a la iglesia en Corinto sobre la ofrenda para los pobres de Jerusalén.  Cabe señalar que los hermanos en Corinto aparentemente no estaban en necesidad, sin embargo, para Pablo era importante que ellos participaran de aquella colecta y fueran parte de aquel esfuerzo.  Para él, era parte de su deber como iglesia y lo debían hacer con diligencia, empatía y solidaridad.

Nosotros también tenemos la responsabilidad, no solo de atender nuestras necesidades y la de los nuestros, sino proveer para nuestro prójimo.  Dios nos ha dado mucho y si algo podemos dar, así lo debemos hacer.

Oración

Señor del cielo y de la tierra, bendito sea Tu nombre para siempre.  Me acerco a Ti, en primer lugar, para darte gracias por todas Tus bendiciones.  Todo lo que tengo Te pertenece a Ti.  De Ti depende mi vida y no hay para mí bien, fuera de Ti.  Te pido me ayudes a mostrar mi gratitud dando de lo que me has dado y velando por el bien de Tu obra y de los demás.  Enséñame a amar como me amaste Tú.  Amén.

 

Autor: Rvda. Migdalis Acevedo