10 de noviembre de 2016 

Gálatas 5

“En cambio el Espíritu de Dios nos hace amar más a los demás, estar siempre alegres y vivir en paz con todos.  Nos hace ser pacientes y amables, y tratar bien a los demás, tener confianza en Dios, ser humildes, y saber controlar nuestros malos deseos.  No hay ley que esté en contra de esto.  Si el Espíritu ha cambiado nuestra manera de vivir, debemos obedecerlo en todo”. (Gálatas 5.22-23, 25 TLA)

 

Cuántas veces hemos escuchado un llamado al amor con signos de odio.  De paz con fuerza de guerra.  De humildad con estridencia de soberbia.  Estos son solo algunos ejemplos de incongruencias por las que somos sorprendidos en nuestra vida cotidiana desde la diversidad de escenarios y personajes que evidencian la falta del Espíritu de Dios.

El apóstol Pablo llama a conciencia a los “gálatas insensatos” sobre la capacidad del Espíritu de Dios en la vida del ser humano.  Les ofrece un resumen de toda la ley, en una expresión precisa y del mayor valor de las relaciones humanas, “cada uno debe amar a su prójimo, como se ama a sí mismo”.  El principio de todo es el amor.  El amor es el camino por excelencia.  El amor es la evidencia suprema del Espíritu de Dios en nuestras vidas.  Es la fuerza que entrelaza todo lo bueno y viste de coherencia nuestro pensamiento y acción en Dios.  El amor es la compañía segura por la eternidad, “nunca deja de ser”.  Es la esencia misma de Dios, Dios es amor.  El cántico de la infancia ilustra con corazón limpio la grandeza del amor de Dios “cuán grande… que no puedo ir arriba, al lado, ni debajo de él”.  ¡El amor de Dios lo llena todo!

Como elemento fundamental del fruto del Espíritu de Dios, el amor es conciencia de cuidado diario.  Su manifestación, al igual que la de los otros elementos del fruto, debe entenderse desde el sacrificio y sudor del que siembra y cultiva la tierra.  Requiere nuestro empeño y voluntad.  Exige lo mejor de nosotros.  Demanda el paso firme que anda el camino consciente de la distancia de eternidad.  No hay prisa, más que llegar, es estar.

Sobre todo, lo que “no es de buen nombre”, el Espíritu de Dios produce lo necesario para la vida sostenible.  Destaca nuestro potencial humano y da forma a una nueva manera de pensar, actuar y vivir en obediencia a Cristo Jesús y, por consiguiente, en plena armonía con los principios del reino de Dios en la tierra.  Nuestra oración es “hágase Tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

¡Vivamos en congruencia!  Que el amor nos llame a amar, la paz rechace la contienda y la humildad quiebre la soberbia.  Existe el mal y el bien.  Cristo, bienestar de vida, venció el mal, las obras de la carne, en la cruz del Calvario.  No seas vencido de lo malo, vence el mal con el bien.

Oración

Señor, cada día nos comprometemos a cultivar la acción de Tu Espíritu.  No nos cansemos, pues, de hacer el bien; porque a Su tiempo segaremos, si no desmayamos.  Estamos cansados de vivir en violencia y peleas.  Anhelamos respirar Tu paz y ser receptores de Tu misericordia.  Ayúdanos a amar y a vivir en congruencia y obediencia de Tu Palabra.  En el nombre de Jesús.  Amén.

Autor: David Cortés