9 de noviembre de 2017

Salmos 120-127

«1Alzaré mis ojos a los montes, De donde vendrá mi socorro. 2 Mi socorro viene de Jehová, Que hizo los cielos y la tierra.» Salmo 121.1-2 (RV)

 

Este salmo se inspiró en la peregrinación del pueblo de Dios desde diferentes lugares hacia Jerusalén a adorar al Señor en el Templo.  La travesía implicaba desafiar y afrontar muchos peligros: los ladrones, la insolación por el sol, el frío de la noche, la caída por los despeñaderos, entre otros, relacionados a supersticiones sobre el efecto de la luna y los demonios debajo de las rocas.  En ese camino de dificultades ponían su mirada en el Dios Todopoderoso que creó cielo y tierra y acudían a Él para pedir Su socorro.  El Señor es el guardador que no descansa ni se desentiende de Su Pueblo, como lo hacían los dioses paganos.  Es el vigía perfecto que está atento a nuestra necesidad.  En el peregrinar que es la vida misma, iniciamos una travesía que deseamos completar con el descanso eterno.  Durante el camino, pasamos por experiencias gratas y también por algunas que traen dolor y amargura, pero resultan en oportunidades de crecimiento.  Por esa razón, hay que caminar buscando adorar al Señor, luchar la fe y mantenerla, aunque resulte difícil.  Esa confianza es la que nos fortalece y ayuda a mantenernos caminando por encima de toda dificultad.  En toda situación nos sostiene de la mano y levanta.  En consecuencia, el camino de la vida no lo transitamos solos/as.  El Dios que con Su poderosa Palabra creó el mundo, puede librarte de peligros para que continúes marchando por la vida hasta el final de tus días.  Servimos a un Dios que es acompañante fiel brindándonos Su cuidado y protección.

Oración

Señor, ayúdanos a confiar en Tu cuidado especial en toda situación que se nos presente en nuestro peregrinar por la vida.  Que no olvidemos jamás que estamos a la sombra de Tu presencia divina.  Amén.