4 de agosto de 2017

2 Reyes 15–16

 

«Entonces Acaz envió embajadores a Tiglat-pileser rey de Asiria, diciendo: Yo soy tu siervo y tu hijo; sube, y defiéndeme de mano del rey de Siria, y de mano del rey de Israel, que se han levantado contra mí. Y tomando Acaz la plata y el oro que se halló en la casa de Jehová, y en los tesoros de la casa real, envió al rey de Asiria». 2 Reyes 16.7-8

El rey Acaz «no hizo lo recto ante los ojos de Jehová su Dios, como David su padre». Quien se hizo indiferente ante la voz de Dios, se empleó por completo en una vida de pecado de magnitud tal, que hasta «hizo pasar por fuego a su hijo, según las prácticas abominables de las naciones que Jehová echó de delante de los hijos de Israel». 

Más aún, en una acción que hace evidente la insuficiencia de un espíritu reverente, el rey Acaz, quien se desentendió del Dios Altísimo, se humilló ante el rey de Asiria y se declaró su siervo y su hijo. Le suplicó a través de sus embajadores, que fuera su protección ante la amenaza del rey de Siria y el rey de Israel. Para apoyar su disposición de servicio y su acción de súplica, tomó la plata y el oro que se halló en la casa de Jehová, y en los tesoros de la casa real y los envió al rey de Asiria. 

Una cosa lleva a la otra. Basta con observar la cadena de desaciertos eslabonada por una y otra acción desafortunada del rey Acaz. En nuestra vida sucede que, a veces no prestamos suficiente atención a nuestra manera de proceder. Son cosas pequeñas que pasamos por alto y que a su vez cometemos la imprudencia de menospreciar su potencial y alcance. Pero llega el día, cuando venimos a abrir los ojos y descubrimos que hemos venido a ser confinados en nuestra propia cárcel. Al final, terminamos desorientados en nuestra súplica y nos encontramos viviendo al servicio de los que solo esperan su oportunidad sobre nosotros. 

¡Detente! ¿En quién has puesto tu mirada? ¿Dónde has puesto tu confianza? ¿De quién te has declarado siervo e hijo? ¿A quién pertenece tu adoración? No olvides que hay palabras que solo son para el Rey de reyes y Señor de señores. Solo Él puede librarnos del mal. Solo a Él serviremos. Solo Él merece toda la gloria y toda la honra. 

Oración

Señor, ayúdanos a mantener nuestra mirada solo en Ti. En el nombre de Aquel que es Camino, Verdad y Vida. Jesucristo el Señor. Amén.