14 de febrero de 2017

Apocalipsis 8.7—9.12

«Después, los sietes ángeles que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas. El primer ángel

tocó su trompeta…» (Apocalipsis 8.6-7 TLA)

No era justo lo que estaba pasando. Había hecho todo el esfuerzo por hacer lo mejor. No paraba de dar vueltas en mis pasos y en mi mente buscando respuestas. «¿Qué hice mal? «¿Dónde fallé?». En lo inmediato, no veía correspondencia entre mis acciones y sus consecuencias. De pronto, empecé a sentirme profundamente desanimado. Se agitó mi respiración y sentí un fuerte dolor en el pecho. «Estoy cansado de insistir en el bien cuando hay tanto mal. Todo esto es más grande que yo». Al ver que cada pregunta que me hacía derivaba en otra, y en otra, y así sucesivamente. Y mis pensamientos no me llevaban a lugar seguro, entonces detuve mis pasos y en mi mente busqué a Dios en oración.

Después de un tiempo, orienté mis caminar a casa de mis abuelos. Al llegar, el «sube acá» en Apocalipsis era el «ven acá» de ellos. Nuestro saludo, como siempre, entre besos y abrazos. Todo era casi ceremonial, algo así como un anticipo de cielo. Abuela, entre su sazón, el caldero y sus ollas, regresó cantando a lo que hacía. Yo seguí detrás del abuelo, intercambiando palabras sencillas hasta llegar al balcón. Al llegar al balcón, abuelo me miró e hizo silencio. Siempre he dicho que abuelo no está a la diestra del Padre, pero siempre al pie de su presencia. Así que sin decir nada, miró el envase donde reposaba la cosecha de vainas de gandules, y con un gesto en su mirada me invitó a «esgranar». Yo asentí con la cabeza y comenzamos a «esgranar gandules». Él desde su trono, su hamaca de siempre, y yo, desde un banquito de madera, el que había hecho hace muchos años, con sus manos para mí.

El silencio de abuelo era profundo. Era su tiempo de escuchar lo que yo decía cuando interrumpía al silencio, y prestar mayor atención a lo que yo callaba. Así pasó el tiempo, en paciencia, abriendo cada vaina, descubriendo cada grano y escuchando la melodía sonora de la alabanza de abuela. Al rato, abuela se acercó al balcón desde la ventana para anunciar que había preparado la mesa. Abuelo rompió su silencio y me dijo «Ven, vamos a lavarnos las manos». Fuimos hasta el lavamanos de la covacha y abrió la llave de la pluma. Al ver como corría el agua sobre sus manos, testimonio de toda una vida, y ver las mías… Abuelo me dijo en su hablar despacio y en tono profundo: «no nos cansemos de hacer el bien porque, si seguimos haciéndolo, Dios nos premiará a su debido tiempo».

Terminó la tarde en la mesa, y allí también mi angustia. Comimos, hablamos, reímos y compartimos hasta la despedida, de besos y abrazos. Ya había dado algunos pasos, cuando escuché mi nombre en los labios de abuela. Me detuve, me volteé, la miré y ella me dijo: «ésta es tu casa. Cuando quieras, siempre habrá vainas de gandules que esgranar».

Oración

Señor, antes del sonar de las trompetas, tu silencio siempre ha sido preámbulo de sabiduría. Y el sonar de la trompeta, el anuncio de Tu justicia. Entre tanto, ayúdanos a insistir en el bien y a esperar con paciencia y esperanza. En el Nombre de Aquel que es Camino, Verdad y Vida. Jesucristo el Señor.

Amén.

Autor: David Cortés