15 de enero de 2017

Santiago 2.14-26

 

«Hermanos en Cristo, ¿de qué sirve que algunos de ustedes digan que son fieles a Dios, si no hacen nada bueno para demostrarlo? ¡Así no se van a salvar! A los que dicen que son fieles a Dios, pero no hacen lo bueno, yo les podría decir: Tú dices que eres fiel a Dios, y yo hago lo que es bueno. Demuéstrame que es posible ser fiel a Dios sin tener que hacer lo bueno, y yo te demostraré que soy fiel a Dios por medio del bien que hago». Santiago 2.14,18

 

Al amanecer de Dios era la hora acordada para reunirnos en el estacionamiento del templo.  Como en la fiesta del sorullo, cada cual traía lo suyo para el desayuno.  Pero siempre se traía algo más para compartir, picar y degustar.  Una vez todos llegaban, se ordenaban los carros en filas en formación de caravana y con una oración al Dios trino iniciaba la jornada.

Del área metropolitana subíamos sin prisa hasta la montaña.  Identificados todos por las luces de los autos que parpadeaban.  ¡Esos días eran diferentes!  Los ancianos de guayaberas vestían en t-shirt y gorra y las ancianas cambiaban el blanco reluciente por los colores y un calzado conveniente.  En el camino se hacían las paradas, y entre el chiste, la risa y la alegría, se compartía alguna merienda, un mangó o una parcha.

Nuestro destino era el río y el objetivo un pasadía.  Cuando al fin llegábamos, siempre había un auto que con el bonete abierto y algún humo saliendo anunciaba que había sido largo el trayecto.  «¡Tengo galones de agua!», gritaba alguno.  «Deje que se enfríe», decía otro.  De inmediato los niños al río, siempre después del «sermón», que en realidad eran instrucciones.  Los jóvenes con guitarra en mano, miraban sus opciones.  Los adultos, como si lo hubieran ensayado, preparaban el lugar y seguido se abrían los baúles de los autos donde venían los calderos de arroz con pollo, la ensalada fresca, los cucharones, los cubiertos y otras cosas más.

A orillas del correr refrescante de aquel río, obraba la vida.  Se cumplía con el objetivo de pasar el día.  Entre la comida, de nuevo el chiste, la risa y la alegría, surgía la palabra de consejo, el ánimo por el esfuerzo, el acuerdo de ayuda, el sueño por seguir haciendo.  Allí jugaba, pero allí también aprendía que la guayabera y la corbata no hacían al anciano, ni el blanco más reluciente a las ancianas.  Que una fe vibrante hace el bien y muestra fidelidad a Dios.  «Hermanos en Cristo, ¿de qué sirve que algunos de ustedes digan que son fieles a Dios, si no hacen nada bueno para demostrarlo?  Demuéstrame que es posible ser fiel a Dios sin tener que hacer lo bueno».  Al regresar, después de haber recogido, echarle agua al auto cansado y hacer oración al Dios Trino, bajábamos de la montaña convencidos que la fidelidad a Dios produce en nosotros tanto el querer como el hacer.

 

Oración

Dios, ayúdanos a ser como el río que corre y refresca y no como el agua estancada que hiede.  En el nombre de Aquel que es Camino, Verdad y Vida, Jesucristo el Señor.  Amén.

Autor: David Cortés