8 de julio de 2017

2 Samuel 9-11

«No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia».  2 Samuel 9.7b (RV1960)

 

Un muy conocido cántico del Hno. Danny Berríos evoca la historia de Mefiboset, el hijo de Jonatán.  Cuando solo era un niño, su familia enfrentó la muerte y, una nefasta caída le separó de todo lo que le pertenecía y conocía.  Así, se convirtió en una persona dependiente de otros para toda la vida, un “sin nombre”.

Desde aquel momento vivió una vida muy distinta a aquella para la cual había nacido.  Cada día enfrentaba soledad, menosprecio y todo lo que significaba ser lisiado.  Es posible que se hubiera resignado a su nueva realidad, pensando que moriría en tal condición, pero un día el rey le mandó a llamar.

La llamada del rey a una persona como él era algo inusual e infundía temor.  Más aún, cuando el convocado era parte de la estirpe del reino derrocado.  Sin embargo, una llamada del rey no podía ser ignorada, así que Mefiboset se presentó ante David sin ni siquiera imaginarse que aquel día recibiría los honores del rey y parte de lo que la vida le había arrebatado.

En un instante, la vida de Mefiboset cambió del completo anonimato y la desesperanza, a la provisión segura y la restauración.

En ocasiones la vida nos lleva por rumbos muy distantes de los sueños de nuestro corazón.  Decisiones, circunstancias inesperadas, cosas que no merecemos y mucho menos deseamos, cambian nuestra vida en un instante.  Entonces, nos embarga la desesperanza y perdemos la fe; pensamos que todo se ha acabado y perdido.

Es cuando el Dios fiel pronuncia nuestro nombre.  Él nos conoce, nunca nos ha olvidado, quiere abrazarnos y cambiar nuestra realidad.  Es el Dios de todo poder, el Rey eterno y, aunque nuestras circunstancias nos hagan sentir temor, el dueño de todas las cosas nos habla de Su plan, porque anhela que recuperemos todo lo perdido.

¿Qué te ha arrebatado la vida?  Es posible que bienes, relaciones, paz y, quizás, la salvación de tu alma.  Hoy el Rey te llama.  Es un Rey amoroso, así que ante Él puedes presentarte sin temor alguno, porque solo traerá bien a tu alma.  Él tiene de ti misericordia y anhela que tú y los tuyos ocupen un lugar en Su mesa.

Oración

Rey eterno, alabo Tu nombre.  Vengo ante Ti con esperanza y confiando en Tu misericordia.  Tú conoces mi nombre y todas mis circunstancias y eres el único que puede sanar mi corazón.  Derrama sobre mí Tu amor y Tu gracia, mi alma lo anhela.  Amén.