¡Lo que sea por un hijo!

18 de abril de 2016

Marcos 5.21-43 (VRV)

¡Lo que sea por un hijo!

«Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies y le rogaba mucho diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá» Marcos 5.22-23 (VRV)

Jairo era el jefe discipulosadministrativo de la sinagoga.  Presidía la Junta de Ancianos y esta junta era responsable del buen funcionamiento de la sinagoga.  Tenía a su cargo que todo en la sinagoga funcionase correctamente.  Era uno de los hombres más respetados e importantes en la comunidad.  Pero, cuando su hija enfermó, sus prioridades se reorganizaron.  Actuó como cualquier padre amoroso haría por rescatar la salud de un hijo.

Echó a un lado sus prejuicios.  Debe haber considerado a Jesús inicialmente como un extraño.  Tal vez, un hereje, de los muchos que había en su época, posiblemente otorgándole algún grado de peligrosidad.

Jairo se arrojó a los pies de Jesús, olvidando también su posición social.  Porque ¡cuánto detiene a las personas su caminar hacia Cristo cuando tienen una posición social de renombre!  Cuando el orgullo llama y recuerda quién eres, el consejo es: “deja que los demás vengan a ti, tú no necesitas de nadie”.  Pero este hombre fue un vencedor.  La fuerza y el poder del amor tienen la virtud de sacar de dentro del ser humano, lo mejor.  Y la humillación propia ante Dios siempre es bien recibida por el Todopoderoso.

La noticia llegó.  La niña había muerto.  El llanto, los gritos y lamentos habían comenzado.  Fue entonces cuando Jairo escucha a Jesús, dirigiéndole las palabras más poderosas que habría escuchado en toda su vida: «no temas, cree solamente».  A partir de este contundente pronunciamiento Jesús levantó de la muerte a la niña, devolviéndola a su padre.

En su función paterna llegó el día cuando Jairo se vio imposibilitado para resolver la situación con su hija.  Acudió a Cristo.  Pedirle al Señor que intervenga con nuestros hijos, es lo más sabio que podemos hacer.

Oración: Bendito, Dios.  Nuestros hijos te pertenecen.  Son tuyos.  Tú nos los distes en depósito para que los acercásemos a Ti.  Es lo que hacemos en este momento de oración.  Danos la gracia para mostrarles que creemos y confiamos en Ti.  En Tu nombre oramos.  Amén.

 

 


Interrupciones oportunas

10 de marzo de 2016

Mateo 9.1-26

 Interrupciones oportunas

«—Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado».

«—Apartaos, porque la niña no está muerta, sino que duerme».

Mateo 9.22b, 24a

Cuando una persona interrumpe a otra, se corta la continuidad de algo en el lugar o en el tiempo. Jesús se dirigía a la casa de Jairo para ver a su hija que estaba muriéndose. En el camino, una mujer anónima, enferma y rechazada propuso en su corazón acercarse a Jesús. «Con solo tocar su manto, seré salva» – pensó.

Lo que parecía ser una interrupción, terminó en una gloriosa experiencia para esta mujer y la hija de Jairo.

En ocasiones,  pensamos que interrumpimos al Señor con nuestra petición. Pensamos que Él debe estar muy ocupado bendiciendo a personas «importantes» o reconocidas. Miramos hacia el lado para comparar lo que el Señor está haciendo con los demás, y no nos percatamos de que el Señor se ha detenido para escucharnos y atender nuestra necesidad.

Lo que algunos pudieran catalogar como interrupción por parte de la mujer del flujo de sangre, Jesús lo vio como el momento oportuno para manifestar Su gloria. Jesús no favoreció a una mujer por encima de la otra, las bendijo a ambas. No llegó tarde, siempre estuvo. Su poder es tan inmenso, que aún en la distancia puede hacer el milagro.

Oración

Señor, te damos gracias porque podemos testificar que con solo tocar el borde de tu manto hemos encontrado sanidad integral para nuestra vida. Ayúdanos a mirarte a Ti en todo tiempo. Queremos percatarnos de lo que estás haciendo en nosotros y a través de nosotros. En el nombre de Jesús. Amén.

Autora: Rvda. Geritza Olivella

 

 


Él mismo tomó nuestras enfermedades

9 de marzo de 2016

Mateo 8.14-34

Él mismo tomó nuestras enfermedades

«Él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias».(Mateo 8.17b)

A nadie le gusta enfermarse.  No obstante, llegan días en que la enfermedad toca nuestra puerta y nuestro cuerpo se quebranta.  En medio del dolor físico, incluso de los «achaques» que llegan con el paso del tiempo, la Palabra del Señor nos recalca que Él es nuestro sanador.

Los evangelios nos muestran a Jesús sanando a muchas personas.  Una de ellas fue la suegra de Pedro, quien experimentó el poder sanador del Gran Médico.  Esta Palabra nos llena de esperanza porque nos dice en el día de hoy, que así como Jesús sanó a esta mujer y a muchas personas, así mismo se hace presente para impartir sanidad en nuestras vidas.

Hoy es un buen día para testificar que allí en la Cruz del Calvario, Cristo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias.  Confiemos que el Cristo, que sanó a muchos, también puede sanarme.

 

Oración

Señor, te damos gracias por la salud que encontramos en Ti.  Agradecemos que aun en momentos de enfermedad también te haces presente y nos muestras Tu gran amor.  Queremos confiar en Ti.  Gracias porque Cristo llevó todas nuestras dolencias a la Cruz y hoy podemos vivir con esperanza.  Oramos en el Nombre de nuestro salvador y sanador, Jesús.  Amén.

 Autora: Rvda. Geritza Olivella

 

 


Se difundió su fama por toda Siria y le trajeron los que tenían dolencias, los afligidos y los sanó

4 de marzo de 2016

Mateo 4.12 - 5.16

«Se difundió su fama por toda Siria y le trajeron los que tenían dolencias, los afligidos y los sanó.» -Mt 5.24

            Jesús inició su ministerio en «Galilea de los gentiles», como se le llamaba despectivamente esa región.  En Nazareth de Galilea se había criado desde niño y había aprendido el oficio de carpintero.  Se había acostumbrado a la gente común y sabía leer en sus rostros sus más recónditas quejas y dolores.  Entre esa gente común, encontró Jesús un grupo de Discípulos, dispuestos a seguirle, a escucharle y a ministrar a los necesitados, que eran de la región de Galilea, zona fronteriza, de obreros, campesinos, comerciantes, donde se desvivían muchos pobres y enfermos, hambrientos también de un mensaje de fe y esperanza.  Por sus talentos y destrezas, Jesús pudo aspirar a ser un líder político, pero prefirió el camino de ayudar a los humildes, a «los pobres de espíritu», a los mansos y desposeídos, a los enfermos y atribulados; y abrió las puertas de su corazón para servir a todos y a todas, por pura compasión, identificándose con actos de misericordia y de bondad.  Su fama se hizo notoria más allá de donde había sido criado.

Oración

Gracias, Señor por Tu Hijo, quien se acercó a nosotros para vernos y conocernos en nuestras necesidades humanas, no para recibir de nosotros, sino para darnos, no para juzgarnos y condenarnos, sino para darnos fe y esperanza, no para humillarnos y anonadarnos, sino para afirmarnos.  En Su nombre oramos.  Amén.