26 de junio 2017

1 Samuel 12-14.23

«Todos los israelitas, tenía que acudir a los filisteos para afilar cada cual su reja de arado, su azadón, su hacha o su pico».  1 Samuel 13.20 (DHH)

 

Hasta hace algunos años, entraba a muestra urbanización el amolador.  En un pequeño vehículo y con un silbido particular anunciaba su presencia.  Andaba en búsqueda de machetes, cuchillos, tijeras y todo lo que tuviera filo para afilarlo y dejarlo listo para cortar.  En tiempos muy antiguos el amolador era figura constante en nuestro Puerto Rico.

Recordé esa imagen al leer el verso clave de esta reflexión.  Al iniciarse la edad de hierro en Palestina, los filisteos dominaban la técnica de trabajar con este metal.  Los israelitas todavía estaban en la era del bronce.  Tenían que ir al territorio enemigo para afilar, pagando, sus instrumentos de trabajo, los cuales se usaban también para la defensa… Hay algo chocante en esa imagen.

¿Dónde afilamos nuestra vida para servir y honrar a Dios?  ¿Quién prepara el filo de nuestro trato con nuestras esposas y esposos?  ¿Con el resto de la familia?

Claramente nuestro referente es el texto sagrado que nos habla elocuente y abundantemente de Jesús, el modelo a seguir.  Los cristianos no somos moldeados por la última teoría o modalidad avivada y “predicada” por el cantante o actriz más famosa del momento… aunque sea puertorriqueña.  Moldear la vida por los criterios no divinos, es afilar nuestro proceder de manera conducente al fracaso.  No hay necesidad de que sea así.

En la comunidad de fe y sus eventos hay oportunidades exquisitas para afilar nuestra azada espiritual para quitar las yerbas malas, nuestra hacha para cortar el “árbol” que no da fruto y el pico para arrancar raíces profundas y venenosas.

Oración

Señor, eres el único que perfeccionas nuestra vida con Tu gracia y misericordia.  Acudimos a Ti con gratitud.  Amén.