29 de noviembre de 2016

Colosenses 2.1-19

Arraigados y edificados en Él, confirmados en la fe como se les enseñó, y llenos de gratitud. (Colosenses 2.7 NVI)

 

Tengo varias matas de plátano en mi patio.  Cada vez que se desarrolla un racimo, hay que sostener o apoyar la mata para que no se incline, por el peso del racimo, y finalmente se caiga.  El terreno donde están sembradas no es el mejor y las raíces no tienen la profundidad necesaria para evitar el desplome.

Hablando a los colosenses sobre la nueva vida, Pablo enfatiza la necesidad de tener profundas raíces en Cristo.  Es una imagen poderosa de firmeza y solidez.  La iglesia de Colosas estaba recibiendo corrientes doctrinales que enfatizaban rendir culto a poderes de ángeles y otras ideas religiosas por personas que se adscribían un poder y conocimiento excepcionales.  El resultado era que Cristo quedaba relegado, lo cual es un sin sentido para el que se llama cristiano.

Contrario a mis matas de plátano, he leído sobre árboles cuyas raíces se han encontrado a muchos metros de distancia del lugar donde están sembrados.  Buscaban agua y nutrientes para alimentar lo visible, dar fruto y sostenerse ante las variaciones del clima… Si no hay buenas raíces no se puede prevalecer.

Se promueve hoy lo rápido y “light”.  Esta actitud crea un producto no duradero y cambiante, por la insatisfacción que produce.  La vida cristiana tiene otra dimensión.  Se cuece a fuego lento mientras se desarrolla una relación seria y profunda con Cristo, autor de nuestra salvación.  Es lo que llevó a Pablo a usar la frase “en Cristo”, tantas veces en sus escritos.  Las raíces de su vida estaban profundamente arraigadas en Él… Por eso prevaleció.

¿Cuán profundas están las raíces de nuestra vida cristiana?

 

Oración

Señor, queremos vivir unidos a Ti cada día.  Condúcenos a una vida que impulse nuestras raíces espirituales profundamente hacia Ti.  Amén.

Autor: Luis Montañez