13 de mayo de 2017

Números 31

 

«Todo lo que resiste el fuego, por fuego lo haréis pasar, y será limpio, bien que en las aguas de purificación habrá de purificarse; y haréis pasar por agua todo lo que no resiste el fuego.  Además, lavaréis vuestros vestidos el séptimo día, y así seréis limpios; y después entraréis en el campamento». Números 31.23-24 (RV1960)

 

Israel debió enfrentarse durante su peregrinaje en el desierto, a muchos pueblos.  Dios había prometido hacer de ellos una nación grande y entregar en sus manos a naciones enteras.  Uno de los instrumentos para lograr esta hazaña, en aquel tiempo, era la guerra.

Los israelitas eran altamente conocidos por sus ejecutorias bélicas.  Mas debían su poderío y victorias a Dios, quien era su General de guerra.  Dios era además su Rey y Señor y estaba presente en todas las áreas de su vida.  En la guerra de vindicación contra los madianitas, Su presencia fue representada por un miembro de la clase sacerdotal y los utensilios sagrados que portaba.

Sin embargo, la otra parte del pacto de Dios con ellos era que también debían tenerle presente en todo.  Su vida y todo lo que poseían debía ser limpio, sagrado, pues eran pueblo de un Dios santo.  Es por ello que, debido a haber estado en contacto con lo impuro, debían salir del campamento hasta purificarse completamente.  Así también, debían purificar el producto de su gesta bélica ya fuera por medio de agua o fuego, pues nada impuro debía tener contacto con lo santo.

Nosotros también tenemos pacto con el Dios de Israel.  Él es santo y nosotros debemos mantenernos completamente puros y santos.  En nuestro caso, esta santificación de todo lo que somos y tenemos, pero en especial de nuestro corazón, se ejecuta por medio del derramamiento de la sangre de Cristo en la cruz del Calvario.  Allí, Él pagó por nuestras impurezas y nuestro pecado, y, en gratitud a Su entrega y amor una vez le abrimos el corazón, debemos vivir en consagración y entrega a Su voluntad.

No hay duda alguna de que nuestro Señor, como acompañó a Su pueblo en su peregrinaje, camina con nosotros cada día.  Mostremos nuestra gratitud y obediencia manteniendo una vida pura y sin mancha delante de Su presencia.  Estoy segura de que así, Él nos ha de ayudar.
Oración

Ante Tu presencia, Señor, venimos en esta hora.  Reconocemos Tu grandeza, Tu fidelidad, Tu guianza y Tu gracia.  Por ello, en gratitud afirmamos nuestra entrega y te rogamos que nos ayudes a mantenernos puros y santos delante de Ti.  Amén.