5 de abril de 2017

Éxodo 25-26

«Dios le dijo a Moisés: Habla con los israelitas y diles que me traigan una ofrenda. Pero no obligues a dar nada. Quiero que su ofrenda sea voluntaria y de todo corazón».

Éxodo 25.1-2 (TLA)

 

Don Pedro era ebanista desde sus años de juventud en la montaña.  Él vivía entre madera y olía a madera.  Con el pasar de los días y las noches en su pequeño taller en la parte posterior de su hogar, lo que comenzó por gusto terminó siendo provisión y sostén de su familia.  La labor nunca mató su pasión y el hombre de la madera se forjó su prestigio como artesano.  En cada corte, lija y barniz se hacía concreta una idea.  Fueron muchos los gabinetes de cocina, juegos de cuarto, mesas de comedor y piezas de esmerada las que nacieron, crecieron y partieron de su taller.

Un día llegó a sus oídos un pedido muy especial.  Escuchó que el pastor de la iglesia solicitó en obediencia a Dios una ofrenda. «Pero no los obligues a dar nada.  Quiero que su ofrenda sea voluntaria y de todo corazón».  Don Pedro, de inmediato, comenzó a diseñar en su mente.  Tan pronto tuvo ante sí un papel y un lápiz, plasmó en dibujo la idea.  De inmediato se dispuso a buscar la mejor madera que tenía reservada para un pedido único y con sus manos y herramientas hizo su ofrenda.

La obra de su voluntad y su corazón todavía permanece como testimonio de obediencia y desprendimiento en el altar del templo.  Aunque hizo muchas piezas de madera que fueron disfrutadas en familia y amistad, ninguna atesoró más que aquel púlpito.  Desde allí fue predicado el mensaje de salvación que alcanzó a su hijo descarriado.  Desde allí escuchó por primera vez las alabanzas a Dios en labios de sus nietas.  También, desde allí escuchó el mensaje de paz y consuelo en las exequias fúnebres de su amada esposa Toña.  Desde allí Dios siempre habló a su vida.

Desde el misterio sublime de lo divino, Dios habló a Moisés y les pidió a los israelitas: «que me traigan una ofrenda…, que sea voluntaria y de todo corazón».  Lo recibido en ofrenda era para construir un santuario y otros elementos sacros que tenían como objetivo establecer una experiencia de encuentro y presencia de Dios en medio de Su pueblo y su oportuna liberación.  El «harán» de Dios es un llamado a experimentar lo sagrado en la obra de obediencia humana.  Al igual que los israelitas, Don Pedro ofrendó a Dios.  Desde aquel púlpito, hoy se sigue proclamando el mensaje de salvación.  Su simbolismo es tipo de Cristo, en lo divino lo humano y en lo humano lo divino, y en todo lo sagrado.  ¡Desde allí corre Su palabra!
Oración

Señor, nos sentimos honrados al ofrendar por voluntad y de corazón ante Tu presencia.  Haremos conforme a Tu Espíritu para crear espacios sagrados de encuentro y presencia que afirmen la armonía entre lo humano y lo divino.  En el nombre de Aquel que es Camino, Verdad y Vida; Jesucristo el Señor.  Amén.