3 de julio de 2017

1 Samuel 26–28

 

«Entonces dijo Abisai a David: Hoy ha entregado Dios a tu enemigo en tu mano; ahora, pues, déjame que le hiera con la lanza, y lo enclavaré en la tierra de un golpe, y no le daré segundo golpe.  Y David respondió a Abisai: No le mates; porque ¿quién extenderá su mano contra el ungido de Jehová, y será inocente?».  1 Samuel 26.8

 

Entre cuevas y desierto, entre luchas y persecución, discurrieron los días de David en tormento y angustia ante la amenaza constante de muerte.  «Su Majestad me persigue a muerte, como si fuera yo una pulga, o una perdiz en el monte, yo le ruego que al menos no me mate lejos de la tierra de Dios».  El ungido para ser el rey de Israel vivió con dureza la amargura del celo y la envidia que hizo altar en el corazón de Saúl.  Era una lucha desigual a no ser porque el Espíritu de Jehová estaba sobre su siervo.

En medio de la persecución en el desierto ocurrió lo inesperado.  David y Abisai encontraron a Saúl y a Abner durmiendo e indefensos y su lanza clavada en tierra.  ¿Qué más se podía pedir?  De inmediato, Abisai vio la oportunidad de hacer justicia y en ello la provisión de Dios: «hoy ha entregado Dios a tu enemigo en tu mano».  Y sin perder tiempo se ofreció en consulta y se hizo disponible para ejecución: «ahora, pues, déjame que le hiera con la lanza, y lo enclavaré en la tierra de un golpe, y no le daré segundo golpe».

Tal vez, esta es para muchos, como para Abisai, la manera de resolver los conflictos y las injusticias.  Solo hay que dar una mirada a nuestro alrededor.  Porque la violencia solo puede engendrar vidas violentas y un porvenir de muerte.  «No lo mates» es la respuesta del que mira más allá del celo y la envidia y ve lo que otros no ven, «el ungido de Jehová».  David fue ungido para ser rey de Israel porque «el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón».

La impaciencia violenta de Abisai hubiera generado muerte, pero la paciencia de David obró a favor de reflexión de pecado: «entonces dijo Saúl: He pecado», paz, «vuélvete, hijo mío David, que ningún mal te haré más, porque mi vida ha sido estimada preciosa hoy a tus ojos», y finalmente en reconocimiento de error, «he aquí yo he hecho neciamente, y he errado en gran manera».  Más allá, la paz como el camino le permitió escuchar la bendición de Saúl, «Bendito eres tú, hijo mío David; sin duda emprenderás cosas grandes y prevalecerás».

Oración

Señor, ayúdanos a esperar en Ti y hacer de Tu paz nuestro camino.  En el nombre de Aquel que es Camino, Verdad y Vida; Jesucristo el Señor.  Amén.