Iniciamos con la bendición de Dios la segunda semana de aislamiento social. La mayoría de nosotros estamos limitados al espacio de nuestro hogar, excepto para buscar alimentos y medicinas.  Aunque representa un reto sin precedentes para todo el país, creo con todo mi corazón que para la Iglesia del Señor este tiempo es uno donde hemos de crecer espiritualmente desde nuestros hogares, pues Dios ha de seguir derramando de su bendición sobre cada una de nuestras casas. Dios nos visita en el lugar de nuestro encierro y lo transforma en casa de Dios y puerta del cielo.

Juan el vidente no estaba en una catedral cuando recibió la revelación que se vierte en el libro del Apocalipsis. Ni siquiera estaba en un santuario. Juan estaba preso en una remota isla llamada Patmos. Pero al llegar el domingo, estaba en el espíritu y Dios derramó sobre su vida una extraordinaria y transformadora visión. Yo espero que todos y todas estemos hoy en el espíritu y que seamos investidos de poder de lo alto.     

Estar encerrado injustamente en una isla-cárcel da la impresión de que Dios está lejos e indiferente a nuestra necesidad. Las cosas no pintaban bien para Juan y sus enemigos se burlaban de su situación. ¿Dónde estaba Dios? Dios estaba cerquita, transformando el dolor en consuelo, trayendo paz en medio de la prueba y provocando un avivamiento en la vida de Juan. De hecho, Dios transformó aquel escenario en bendición para todas las generaciones. El escrito de su encierro no solo consoló a la iglesia perseguida en los primeros siglos, sino que ha sido de bendición para todos los pueblos hasta el día de hoy. El pastor Daniel Rivera ha dicho y con mucha razón, que estamos viviendo un avivamiento de la Palabra, pues nuestro extraordinario Cuerpo Ministerial ha producido un cantidad monumental de escritos, devociones, reflexiones y presentaciones audio visuales de gran valor y espiritualidad. Dios está transformando una pandemia en un avivamiento espiritual. Y Dios nos visita en nuestro encierro.

En el capítulo tres del Apocalipsis, Juan le escribe a la Iglesia en Filadelfia el mensaje que el Señor mismo le mostró. El nombre Filadelfia es importante, pues habla de un amor que nos hermana. Filadelfia estaba ubicada de manera estratégica para el crecimiento. Estaba rodeada de tierras fértiles, eficientes vías de comunicación y con tremendas alternativas para el comercio. Su defecto eran los terremotos, como los del año 17 que destruyeron toda la ciudad y sembró el pánico por años. Solo las edificaciones con columnas sólidas y bien ubicadas superaron los temblores. Los habitantes de Filadelfia le daban mucho valor a las columnas. La iglesia en Filadelfia no era muy grande ni era poderosa. De hecho, tenía pocas fuerzas o capacidades. Pero lo que a Dios le interesa es el corazón, las actitudes y el testimonio. La iglesia en Filadelfia había sido probada y había conservado la Palabra y su integridad en Cristo. Quienes tenían gran influencia en Filadelfia eran los de la sinagoga, los mismos que le habrían cerrado las puertas a los creyentes. Para los que amamos al Señor, las puertas que se nos cierran son las que no convienen. Dios abrirá las que convienen, pues de Él son la llave de David y las puertas de la esperanza. Las puertas del cielo y del corazón de Dios se abrieron hacia la Iglesia en Filadelfia y también se han abierto para nosotros. 

Es importante resaltar que mientras fueron probados el Señor los estaba viendo. Dice el versículo 8: “Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre”. El Señor conoce nuestras obras y nuestra respuesta en la tribulación. Dios está presente. No se ha ido y observa nuestra fidelidad, pues conoce nuestras obras. Ante la presente situación y otras en el porvenir, consideremos este importante mensaje que nos invita a la paciencia que persevera, una paciencia resiliente. Dios le dijo a la iglesia en Filadelfia:  “Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra. He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona. Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.

Dios, que todo lo conoce, estuvo muy pendiente de su iglesia mientras fue atribulada. Durante ese tiempo, la Palabra de Dios produjo paciencia para vencer. A veces Dios parece que nos mira desde lejos, para que libremente escojamos serle fiel. Recuerdo una historia antigua de una hermosa joven decepcionada con todos los varones que se le acercaban, porque solo admiraban su belleza física. Se enamoró de un hombre que nunca la había visto, que solo admiraba sus hermosos escritos y sus maravillosas cartas. Ella también se enamoró del corazón de quien escribía así. Decidieron conocerse físicamente. Se encontrarían en una estación de tren. Él llevaría una chaqueta gris y ella un gorro verde. Al llegar, ella lo reconoció inmediatamente, pero le surgió una duda. Decía ella: “Cuando me vea, se ha de enamorar de mi cuerpo como los demás”. Así que llamó a una señora no muy bonita, de hecho, alguien pudiera pensar que era feíta. Le contó su historia y le dijo: “Por favor, use este gorro verde y acérquese a aquel varón con la chaqueta gris”. Y la joven miró desde lo lejos. Vio que el hombre reconoció el gorro verde y al ver el rostro de aquella señora dio media vuelta y se fue. La joven se entristeció mucho, pero siguió mirando a aquel hombre de quien ella se había enamorado. Él se detuvo, sacó una de sus cartas del bolsillo, la leyó, dio media vuelta y se acercó a la señora que tenía el gorro verde, quien le dijo: “no se preocupe, que la persona que usted busca es aquella joven preciosa”. El varón no se dio cuenta que estaba siendo probado por alguien que, aunque él no la veía, estaba evaluando su conducta. Cada vez que somos probados, hay un Dios que evalúa nuestra respuesta a la crisis. Te digo que Dios está cerca, como están cerca sus bendiciones. Retengamos, pues, la palabra de su paciencia.

Pero este pasaje claramente habla de una prueba que no es como la de los terremotos, que son locales. Es una prueba que ha de venir sobre el mundo entero y su intención es para probarnos. Se nos dice que Dios estará con nosotros y que su venida es cercana. Se nos invita a resistir, a no perder lo que hemos recibido del Señor. Que nada ni nadie nos haga perder el premio de la salvación, aquí ilustrado en la forma de una corona. La corona sin virus es el premio a la perseverancia y a la fidelidad en medio de la prueba. La firmeza de nuestra integridad en medio de la crisis nos hace columnas en el templo de Dios. Piense en esto, hoy mismo las columnas del templo de Dios están en nuestras casas y sin duda Dios también está presente con sus bendiciones en cada uno de nuestros hogares.

Como enseña la Palabra en Hebreos: “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras”. Inspirémonos en la Palabra de Dios, Amemos Como Cristo y Sirvamos en Espíritu y en Verdad. Que así nos bendiga el Señor.

Rvdo. Miguel A. Morales Castro

Pastor General ICDCPR