Sábado, 17 de septiembre de 2016

Romanos 11.11-24

“Dirás entonces: Las ramas fueron desgajadas para que yo fuera injertado.  Muy cierto; fueron desgajadas por su incredulidad, pero tú por la fe te mantienes firme.  No seas altanero, sino teme.” (Romanos 11.19-20)

 

En la Biblia se habla acerca de las bondades y hermosura del árbol del olivo.  En las tierras bíblicas, había abundancia del mismo.  El olivo es una planta extraordinaria por su fruto y productos derivados.  Ésta llega a su plena madurez cerca de los catorce años y una vez la alcanza, es capaz de vivir y llevar frutos por siglos.

El olivo, además de ser cultivado, tiende a crecer silvestre y cuando es así tiene que ser injertado.  La costumbre era injertar un pedazo del árbol cultivado en el tronco del árbol silvestre.  Y así la raíz silvestre sostenía y alimentaba el injerto.  Esto, porque el mejor producto procedía del árbol cultivado.

Varios profetas llegaron a referirse a Israel, el pueblo de Dios, como una oliva verde y hermosa en fruto y parecer (Jeremías 11.16).  De hecho, Israel llegó a ser llamado el olivo de Dios.  Y en este pasaje, el apóstol destaca que, debido a la incredulidad del olivo verde, hubo oportunidad de salvación para nosotros los gentiles.

Es por ello, que hace una alegoría llamando al pueblo gentil el olivo silvestre, que fue injertado en el olivo de Dios, o sea, Israel.  Y destaca que dicho injerto no se hizo de la manera natural, sino a la inversa.  Pues nosotros, el olivo silvestre, fuimos injertados en el tronco cultivado, o sea, el pueblo de Dios.

Y eso es lo grande y lo bello de Dios.  Así es Su amor.  El rompe los esquemas, los patrones y expectativas humanas, en vías de alcanzarnos para darnos salvación.  Pero es una salvación inmerecida de la cual, según el apóstol, no nos debemos jactar.  Pues si bien a Dios le ha placido injertarnos en Su plan salvífico para gloria de Su nombre, es para que le sirvamos en espíritu, en verdad, en gratitud y no descuidemos una salvación tan grande.

 

Oración

Hoy, me acerco a Tu presencia en gratitud y humildad para darte las gracias, porque un día me alcanzaste para salvación.  Cuando estaba yo en delitos y pecados, miraste mi necesidad y no mis carencias.  Hoy, Te pido que me ayudes y me guíes, que guardes mi corazón del orgullo y la vanidad.  Por favor, no permitas que Tu gracia en mí sea razón para enaltecerme, sino el motivo para alcanzar a otros y vivir para Ti.  Amén.

Autor: Rvda. Migdalis Acevedo