30 de agosto de 2017

2 Crónicas 21-23

 

«Se fue sin que nadie lo lamentara.  Lo enterraron en la Ciudad de David, pero no en el panteón real».  2 Crónicas 21.20b DHH

Recientemente, celebramos la vida de un buen hermano de nuestra iglesia que se mudó al cielo.  Entre otras cosas, se distinguía por su alegría y constantes chistes.  Su hija pidió que algunas personas, voluntariamente, contaran anécdotas cómicas de su padre.  Interesantemente, la mayoría de los que hablaron homenajearon a su padre narrando acciones muy serias, de cuidado y apoyo a hijos sin padre, a parejas empezando con dificultades la vida matrimonial y sobre su entrega al trabajo misionero para lo cual usaba sus días de vacaciones.  Fue un momento muy especial que recordaremos siempre.

Contrario a su padre Josafat, Joram fue un rey sanguinario que se alzó contra sus propios hermanos.  Su muerte no fue lamentada.  Su sepultura no fue honrosa como debía ser para todo rey que muriera.

La muerte es inexorable.  No tenemos urgencia en que llegue ese día.  Debemos vivir, conscientes de que llegará, de forma tal que lo que se diga en el velatorio o celebración de vida, sea testimonio de honor al Señor y a nuestra familia.  Es una experiencia que se repite cada vez que la vivimos en la separación física de feligreses de nuestras iglesias.

Y es que, al vivir de la mano de Cristo el Señor, nuestra vida modela los valores de Su carácter.  Ese estilo de vida, necesariamente se convierte en uno de honra y honor que perdura y hace mucho bien a los que quedan.

Vivamos con alegría y entereza de carácter como un acto de gratitud a Dios por tomarnos de la mano y caminar a nuestro lado cada día.

Oración

Padre, gracias por Tu regalo de vida cada día.  Que Te demos honor en cada paso dado.  Amén.