1 de agosto de 2017

 

«Y preguntando el rey a la mujer, ella se lo contó. Entonces el rey ordenó a un oficial, al cual dijo: Hazle devolver todas las cosas que eran suyas, y todos los frutos de sus tierras desde el día que dejó el país hasta ahora». 2 Reyes 8-9 (RVR960)

 

«Entonces la mujer se levantó, e hizo como el varón de Dios le dijo». La obediencia de la mujer sunamita le llevó a vivir junto a su familia a la tierra de los filisteos por siete años. 

Escuchar la voz de Dios y hacer de su voluntad nuestro camino es obediencia que trae bendición a nuestra vida aun cuando hacer su voluntad y no la nuestra implique el dolor temporero. La actitud de esta mujer contrasta con la de los dos reyes mencionados al final del capítulo ocho. Sobre ambos, Joram y Ocozías, dice el texto: «e hizo lo malo ante los ojos de Jehová». 

La obediencia a la voz de Dios hace evidente el corazón humilde. Mientras que los de corazón altivo manifiestan su desprecio ante la presencia del Omnipotente. Ante la encrucijada, evitemos adherirnos a nuestra conveniencia y recordemos las palabras del apóstol: «Las dificultades que tenemos son pequeñas, y no van a durar siempre. Pero, gracias a ellas, Dios nos llenará de la gloria que dura para siempre: una gloria grande y maravillosa». 

La obediencia de la sunamita fue de bienestar a su familia y a su persona. El tiempo del hambre llegó a su término y cuando eso ocurrió regresó para recuperar sus tierras y Dios la puso en gracia delante del rey que dijo a su siervo: «Hazle devolver todas las cosas que eran suyas, y todos los frutos de sus tierras desde el día que dejó el país hasta ahora». 

Así debe ser en nuestra vida. Cuidado con las ambiciones temporales que nos llevan a hacer «lo malo ante los ojos de Jehová». Mas bien, procuremos una vida de amor obediente que nos relacione con el Eterno por la eternidad y en su gracia nos devuelva aquello que hemos perdido. 

Oración

Señor, como dice Tu Palabra: «nosotros no nos preocupamos por lo que nos pasa en esta vida, que pronto acabará. Al contrario, nos preocupamos por lo que nos pasará en la vida que tendremos en el cielo. Ahora no sabemos cómo será esa vida. Lo que sí sabemos es que será eterna». En el nombre de Aquel que es Camino, Verdad y Vida. Jesucristo el Señor. Amén.