2 de agosto de 2017

2 Reyes 10-12

«Entonces Joiadá sacó a Joás, le puso la corona y le dio un documento con instrucciones para gobernar. Después le derramó aceite en la cabeza y así lo nombró rey. Todos aplaudieron y gritaron: “¡Viva el rey!”». 2 Reyes 11.12

Ante la muerte de Ocozías, su madre Atalía, desató un derramamiento de sangre en su ambición de poder. «Pero Joseba hija del rey Joram y hermana de Ocozías, tomó a Joás, que era uno de los hijos de Ocozías, y lo escondió con su niñera en el dormitorio». 

Hay situaciones que nos hacen pensar que todo ha terminado. Son experiencias duras que se visten de injusticia, de indiferencia, de traición, de dolor y hasta de muerte. Ellas nos trastocan hasta torcer nuestro espíritu. Pero Su presencia se encarna en hombres y mujeres como Joseba, que en medio de la amenaza asumen con amor y valentía el cuidado de los que han perdido toda esperanza. 

En Joás el niño, permanecía viva la esperanza de un pueblo que veía en su vida la promesa de Dios hecha a la casa de David. Por eso el sacerdote Joiadá, a su debido tiempo concertó la manera en como aquel niño que estuvo escondido por seis años, fuera coronado, le fueran impartidas instrucciones para gobernar, ungido y nombrado rey. «¡Viva el Rey!».

Mientras Atalía se hizo de un camino de sangre y muerte para usurpar el poder, Joseba y Joiadá fueron instrumentos de servicio en el camino de vida del rey Joás, la promesa del Dios viviente. Hoy podemos preguntarnos: ¿Hemos sido de ayuda para otros? ¿Han encontrado otras personas cuidado y protección en nuestras manos? ¿Hemos sido nosotros los que hemos recibido el cuidado de otros en un momento puntual de nuestra vida? En todo ello se hace vida la promesa de Dios a nuestra vida. 

Oración

Señor, que tu Santo Espíritu nos ayude a ser servidores de Tu reino y portavoces de Tu esperanza en tiempos de adversidad. En el nombre de Aquel que es Camino, Verdad y Vida. Jesucristo el Señor. Amén.