6 de agosto de 2017

2 Reyes 19–20

«Vuelve, y di a Ezequías, príncipe de mi pueblo: Así dice Jehová, el Dios de David tu padre: Yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí que yo te sano; al tercer día subirás a la casa de Jehová. Y añadiré a tus días quince años, y te libraré a ti y a esta ciudad de mano del rey de Asiria; y ampararé esta ciudad por amor a mí mismo, y por amor a David mi siervo».

2 Reyes 20. 5-6 (RVR1960)

El salmista dice:

«Los dioses de ellos son de oro y plata; son producto de la mano del hombre.

Tienen boca, pero no hablan;

tienen ojos, pero no ven;

tienen orejas, pero no oyen;

tienen narices, pero no huelen;

tienen manos, pero no palpan;

tienen pies, pero no caminan;

¡de su garganta no sale ningún sonido!

¡Iguales a ellos son quienes los fabrican,

y todos los que en ellos ponen su confianza!».

En medio de una enfermedad de muerte, Ezequías oró y levantó un ruego ante la presencia de Dios y al final «lloró con gran lloro». Tal vez tu oración y ruego es por una razón distinta a la de Ezequías, pero igual al siervo de Dios, cada palabra ante Su presencia está acompañada de lágrimas que esperan la respuesta de Su voluntad. 

La buena noticia en todo tiempo es que ¡nuestro Dios es real! No importa que el viento sea contrario o que la tierra se estremezca, vivamos como Ezequías, con un corazón íntegro y acciones concretas que sean del agrado de nuestro Señor. ¡Él es nuestra confianza! Él es quien añade días a nuestra vida y nos libra de todo mal por amor a Su nombre. 

Porque así dice el Señor en su palabra: «Yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí que yo te sano». 

Oración

Señor que escuchas nuestra oración. En tiempos en donde se anuncia enfermedad y muerte, sana nuestra vida, sana nuestras familias y sana nuestra tierra. En el nombre de Aquel que es Camino, Verdad y Vida. Jesucristo el Señor. Amén.