1 de julio de 2017

1 Samuel 21.1 – 23.28

«Yéndose luego David de allí, huyó a la cueva de Adulam; y cuando sus hermanos y toda la casa de su padre lo supieron, vinieron allí a él.  Y se juntaron con él todos los afligidos, y todo el que estaba endeudado, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu, y fue hecho jefe de ellos; y tuvo consigo como cuatrocientos hombres».  1 Samuel 22.1-2 (RVR1960)

 

Llamado por Dios, ungido por el profeta Samuel y perseguido por el rey Saúl, David huye sin descanso al «lugar de refugio» que es la cueva de Adulam.  El lugar de resguardo temporal es la opción del que persigue hacer la voluntad de Jehová.  Desde allí clamó al cielo diciendo:

 

«Ten misericordia de mí, oh Dios, ten misericordia de mí;

Porque en ti ha confiado mi alma,

Y en la sombra de tus alas me ampararé

Hasta que pasen los quebrantos.

Clamaré al Dios Altísimo,

Al Dios que me favorece.

Él enviará desde los cielos, y me salvará

De la infamia del que me acosa;

Dios enviará su misericordia y su verdad» (Salmo 57).

Pero si lo anterior no fuera suficiente, es imperativo significar que David no estuvo solo por mucho tiempo porque: «cuando sus hermanos y toda la casa de su padre lo supieron, vinieron allí a él.  Y se juntaron con él todos los afligidos, y todo el que estaban endeudado, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu».  Y de este grupo de marginados e invisibles sociales, fue hecho jefe.

Cuántas veces en nuestra vida hemos gritado a voz en cuello por ayuda y justicia: «Ten misericordia de mí, oh Dios, ten misericordia de mí», y Dios ha respondido con «lugar de refugio», pero igual con responsabilidad de cuidado y acompañamiento hacia los que están en igual o más profunda condición.  Porque como hace con nosotros, nos insta a hacerlo con nuestros semejantes.  «En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará».

Mientras vivimos al cuidado del que «adereza mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores», no perdamos de vista a los afligidos, los endeudados y los de amargura de espíritu.  A estos efectos, les comparto el testimonio de un preso que desde la cárcel encontró esa clase de cuidado en un hombre que se entregó en presencia y devoción educativa, Fernando Picó.  «No me llamó preso, no me llamó estudiante, (sino) amigo.  Son cosas que uno puede encontrarlas pequeñas, pero para mí tiene otro significado».

 

Oración

Señor, que al igual que con David, Tu Espíritu Santo esté con nosotros en todo tiempo.  Ya sea en gloria de victoria o en paciencia en medio del lugar de refugio, que podamos ser uno con el otro en cuidado y acompañamiento para testimonio de vida.  En el nombre de Aquel que es Camino, Verdad y Vida; Jesucristo el Señor.  Amén.

Rivera Arguinzoni, Aurora. (28 de junio de 2017). Vivirá en sus libros y en sus estudiantes. El Nuevo Día, pp.60-61.