2 de mayo de 2017

Números 9–10

«Moisés mandó a los israelitas que celebraran la fiesta de la Pascua. Y ellos la celebraron en el desierto de Sinaí ese día catorce al atardecer, tal y como Dios lo había mandado por medio de Moisés». Números 9.4-5 (TLA)

 

De pronto empezamos a planificar.  Como dicen los muchachos, «todo fue tan orgánico».  Decidimos sin mayor dificultad el destino, la hora de encuentro, la «picadera» para merendar y lo que llevaría cada cual.  Enfrentarnos a la dulce realidad de que mañana es un día festivo lo hizo todo más fácil.  Se disipó la ansiedad de los que tenían trabajos para entregar e igual de los que tenían una cita temprana con el sueño.  Así todos estábamos felices y muy entusiasmados con la prórroga para el disfrute y el descanso.

A la mañana siguiente y a primera hora, como niños cuando no hay clases, todos llegamos al punto de encuentro tal como lo habíamos acordado.  Todo era alegría y celebración.  Los mensajes de texto no paraban.  Aprovechamos cada oportunidad para una buena foto y de inmediato subirla.  Y entre tiempo y tiempo compartir la merienda.  Así fue hasta que unas horas después llegamos a nuestro destino.  Cada cual haciendo su parte hasta que seleccionamos el lugar en donde estableceríamos nuestra estancia.  Después de algún tiempo de juego, conversación y disfrute del lugar surgió la pregunta que desató el silencio, «¿Qué se celebra hoy?».

«Tal y como Dios lo había mandado por medio de Moisés» los israelitas celebraron la Fiesta de la Pascua en el tiempo establecido por Dios.  Dios había propiciado la libertad de Su pueblo y les había provisto una nueva vida.  Él perseguía a través del mandato de la celebración, instaurar en esa nueva vida de Su pueblo memorias comunes que redundaran en la configuración de una nueva identidad en Él.  Al punto que lo que «Dios le habló a Moisés en el desierto del Sinaí», y que allí mismo celebraron, llegó a alcanzar su más alto nivel en el Monte Calvario a través de la crucifixión del Dios encarnado.

En Dios, una nueva vida es posible.  En este sentido el apóstol Pablo nos dice: «Si dejan de pecar, serán personas nuevas, como los panes nuevos y sin levadura que se comen en la Pascua.  Nuestra nueva vida es como la fiesta de la Pascua.  Nuestro cordero de la Pascua es Cristo, que fue sacrificado en la cruz».  Él es nuestra provisión de vida y la razón explícita y consciente de nuestra celebración.  Su sacrificio vive en nuestra memoria permanentemente.

El silencio no duró mucho, pues de inmediato encontramos respuesta en el buscador.  Leímos, compartimos lo aprendido, reflexionamos y lo hicimos nuestro.  Conocer la razón de la celebración nos hizo consciente y añadió valor sustancial a la experiencia.

Oración

Señor, Tus acciones son como el acento, la coma y el punto que ofrecen sentido a nuestro diario vivir.  Hacemos el compromiso de hacer todas las cosas con memoria de Tu sacrificio.  En el Nombre de Aquel que es Camino, Verdad y Vida; Jesucristo el Señor.  Amén.